Nací en Paysandú, en el año '93.
En un hogar donde el dinero rara vez alcanzaba hasta fin de mes.
Fui el menor de tres hermanos, el típico "niño bueno"
tímido, callado y buen alumno.
Pero eso no te salva en los recreos.
Los niños saben muy bien cómo ser crueles, y a mí me hicieron pagar caro por ser distinto.
O como preferían llamarme “puto”.
En mi juventud y con una situación económica cada vez más crítica, empecé a trabajar de lo que viniera.
Trabajé en un super, en una iglesia, supe ser empleado público y hasta profe en un gimnasio.
Llegué a tener cuatro trabajos al mismo tiempo y me gané un burnout for export.
A los 22 años, después de atravesar una profunda depresión, me puse un objetivo.
Ahorrar todo lo que pudiera, subirme a un avión por primera vez, cruzar el Atlántico y conocer el viejo continente.
Me pasé un año entero juntando peso por peso.
y lo logré.
Pero a la vida a veces le gusta hacer bromas bastante pesadas.
Y una semana antes de subirme a ese avión, se llevó repentinamente a mi padre.
Ese viaje me partió al medio.
Por lo que me había costado llegar hasta ahí.
Por el sueño que significaba.
Y por el dolor inmenso de haber enterrado a mi viejo hacía apenas unos días.
Pero toda esa mezcla de emociones me dio un empujón tremendo.
Volví con la idea clara de enfrentar mis miedos, dejar todo atrás e irme a otra ciudad a perseguir mi meta de entrar a la universidad.
A los 24 conseguí un trabajo en una administradora de fondos, vendí lo poco que tenía y me vine a Montevideo.
Los primeros meses dormía en el altillo de la casa de un amigo, en un colchón prestado.
Comencé la carrera de Contador Público. Algo que quería ser desde muy chico.
Si te soy sincero, no tengo ni idea por qué.
Las computadoras me llamaban la atención desde siempre, me encantaban, pero yo miraba el mundo informático y pensaba: "Esto no es para mí, no me da el bocho".
Llegó el 2020. Y todos sabemos lo que pasó.
Para esa época yo ya vivía solo, teletrabajaba e intentaba salvar materias en una facultad a la que le costó bastante adaptarse a esa realidad.
Encerrado y con tiempo de sobra, me puse a explorar internet con la misma curiosidad que cuando tuve mi primera computadora.
Así llegué a un curso gratuito de programación desde cero.
Dije: "Vamos a probar, total... ¿qué es lo peor que puede pasar?
¿Que me termine gustando más programar que la carrera que estoy cursando?".
Adiviná.
Y sí. Tuve una crisis existencial y de identidad tremenda. ¡Si hasta me había reservado una dirección de correo electrónico con el prefijo "Cr."!
Así que tuve que mandar al armario a mi "yo contador" para dejar salir a mi "yo programador".
Fue una aventura de tres años aprendiendo lenguajes, librerías y conceptos que jamás pensé que mi cabeza iba a entender.
Cuando por fin superé la crisis existencial, llegó la laboral.
No me quedé sin trabajo, pero mis intereses ya no tenían nada que ver con mis tareas. Ese puesto lo había conseguido mi "yo contador", y yo ya estaba en otra.
Ahí empezó un plan de reconversión. Tuve la oportunidad de liderar un proyecto de transformación digital dentro de mi área, y gracias a eso, tiempo después, me llegó la propuesta para pasarme al equipo de desarrollo.
Una oferta que me costó muchísimo aceptar (espero que se entienda la ironía).
Pero como buen geminiano, no me iba a conformar solo con esto.
A pesar de todo lo que aprendí en estos años, todavía me falta el check de tener "el cartoncito".
Así que un día decidí volver a tocar las puertas de la facultad y retomar la carrera que había dejado.
Hoy por hoy, mi día a día se divide en unas cuantas cosas: trabajo como Analista Funcional, estudio por mi cuenta para mantener actualizados mis skills de tecnología, continúo con la carrera, y crío a un labrador que un buen día apareció por sorpresa en mi vida.
Pero esa historia se merece su propio relato, y la dejaré para otro momento.